Ensayo

Correo del Corazón: un pretexto para vernos en la mayor oscuridad

Krístel Guirado

(Publicado  la revista Ateno Nº 4 en 1997, en el dossier dedicado a Yolanda Pantín)



"Rogamos a los dioses una tregua o un cambio sutil para la historia"
Alicia Torres



Cuaderno de difusión 96, Fundarte 1985
Cuando asumí el compromiso de hacer unas notas sobre el libro Correo del Corazón, de Yolanda Pantin (FUNDARTE, 1985), pensé hacerlas partiendo solo de mis impresiones. No obstante, como en otras oportunidades, suele sucederme que esa impresión inicial es atravesada por las consecuencias de otro acontecimiento. Una suerte de coincidencia de lecturas que me permite reelaborar mi propio discurso en el devenir de las imágenes que se me revelan en otro autor. En esta ocasión el destino quiso jugarme una buena pasada: leer a Yolanda Pantin a través del discurso crítico de la misma Yolanda Pantin.
Ese acto que llaman amistad, me llevó a la casa del poeta Aly Pérez, en la Villa de San Luis Rey de Cura. Entre una y otra taza de café, emergieron los papeles y, en ellos, un ensayo en particular: "Entrar en lo bárbaro, una lectura de la poesía venezolana escrita por mujeres". Su autora, la señora Yolanda Pantin. Un trabajo sobre el cual no pregunté procedencia, pero que leí en el disfrute de uno a otro costado.

El ensayo (inteligentemente cimentado en la propuesta de Walter Benjamín de crear por y a partir de la barbarie) logra encontrar y orquestar las aristas comunes en los discursos poéticos escritos por mujeres en Venezuela.

Como toda buena chica, educada dama, apenas si sucumbió a la tentación de citarse a sí misma una sola vez en el texto; pero en el azogue donde deviene la historia de la poesía en nuestro país, también se refleja Yolanda.

Ahora, señora, con todo el respeto que usted se merece y con la modestia que mi mano no sabe ocultar, deme la posibilidad, remota en la palabra, de intentar que Correo del Corazón y yo "entremos en lo bárbaro con el paso sin miedo"(1).

Todo pasa igual siempre. Termino de leer un libro y comienzan las preguntas. Fue inevitable la complicidad en la mirada pobre. Tratar de eludir la sonrisita, el morbo, el descubrirse una en "esos tristes retratos de amas de casa de la clase media, patéticas en sus reclamos y costumbres" (2):

Sobre un banco del parque
una pelota roja
las madres con las cestas
en pequeñas bolsas
[...]
Yo las estoy mirando
[...]
now and here
con un gritito salvaje
las madres balancean
sobre una pierna sola

("Now and Here". pág. 52)

¿Quién es la que mira? ¿Cómo es la que mira? ¿Es igual a las mujeres que ve? ¿Dónde empieza, dónde termina el espejo?

La ironía aparece allí, en la intencionada voluntad de escribirse en un cuerpo de imágenes desmitificadoras. que niegan la posibilidad de la mujer como héroe, abandonada en un espacio menos que doloroso:

No hay mujer 
ni madre
en la pulcra quietud de lo que habita 
no hay puerta

("No hay puerta", pág.55)

La mujer como un universo en sí, a la intemperie. Quien habla da algunas coordenadas sobre ese espacio. Tales indicios crean una anatomía aparente que desdibuja la concepción habitual de la mujer, dejándonos apenas un boceto, los trazos de un ser en elaboración. Una ausencia con precisiones. La mirada cínica que revisa ese universo, no solo insiste en exponer lo fragmentario, sino que hábilmente deja ver en un trasluz la solidez de las costuras, los puentes y caminos que, más allá de las conductas, unen las intenciones que entregan el verdadero cuerpo de lo femenino:

te estoy mirando amor por el ojo de la caja
no lo olvides

("El ojo de la caja", pág.51)

Pareciera, entonces, que no hay posibilidad para comunicamos. pues nos conducimos en medio de un sistema de códigos que es adverso a nuestro particular modo de percibir el mundo. Lo miramos todo, siempre, a través del "ojo de una caja":

Una gallarda altiva su nevera
que algunas mujeres se rasuran las piernas
beben café humanamente hablando
                                                          divagan
al abrazo furioso de las telenovelas
como un ósculo prohibido
cuesta abajo en la rodada

("Cuesta abajo", págs. 13-14)

El uso de los lugares comunes, las frases trilladas de boleros y poemas de amor harto conocidos, remarcan el tema del cansancio de la mujer, (ya lugar común también), apoyado en el cansancio mismo de la forma. Este uso se torna irónico. No solo porque el reclamo se toma patético. Aquello que se esconde tras las acciones repetitivas y monótonas, es también lo ocultado tras las frases infinitamente usadas y aparentemente conocidas. Lo que se desconoce de ellas parece ser una fina red de asociaciones que se disponen a un margen y conjugan el código común de la amenaza, que trasciende al alma como una visión de un hecho corporal, para hacerse circunstancia de la palabra, un juego poético.

¿Quién precisa el mensaje en los enunciados de la mujer? ¿.Quién decodifica cuando escribe o piensa una palabra? ¿.Cuando escribe la letra "a"? ¿Cuando observa detenidamente un zapato, un botón? Y un poco más allá, ¿a qué nos convoca una mujer en su gesto más cotidiano? Finalmente, ¿qué convoca una mujer con su silencio?

No hay mácula en su condición aérea
en su espíritu puro
aunque
de la concha rosada de su oreja
surja, como el fuego, la duda"

("Ángel caído II", pág.26)

Imágenes, en el devenir de los textos, que aparentemente nos describen una circunstancia exterior, pero que al mismo tiempo nos descubren las aguas de un espacio interior donde se presiente el terreno cultivado para el virus:

Las mujeres solas no inspiran piedad
ni dan miedo
si alguien se cruza con ellas en mitad de la vereda 
se aparta por miedo a ser contagiado

("Vitral de mujer sola", pág.60)

Intangibles, como la hoja en su caída, eso que al parecer contenemos al tiempo que nos contiene, subyace en la palabra como un misterio. Se intuye sin precisar sus márgenes, sus límites, su trópico de color y calor. Sentencia pronunciada en gestos y acciones, que se hacen imperceptibles al ojo del otro y sólo traducibles para el poeta en un cuerpo de palabras que también amenaza: "la entrada en el territorio de lo bárbaro, de lo desconocido, de lo otro [...] viaje a los extraños paisajes de la interioridad [...] el reconocimiento de la enfermedad y las poderosas imágenes que esta desata" (3).

El reconocimiento de la enfermedad nos lleva a buscar esa barbarie más allá de una voz, de un tema y se busca la visión en la forma misma. Se comienza a rebajar, recrudecer. a desacralizar las imágenes del discurso poético:

La joven señora de roja cabellera
devora su uña derecha
desde hace 17 años
ese goceque en su ínfima tragedia
siente hambre y miedo

(Pág.50)

En el devenir de la experiencia real, hemos llegado a la experiencia de la palabra. Entonces sentimos hambre y miedo y cansancio. Como dice el epígrafe de Virginia Woolf, quien mira a través del ojo de una caja parece estar harta de nombrar la palabra mujer. Quien mira, a través del ojo de una caja, quiere atropellar la palabra, dejar de nombrar el vacío de la experiencia, comenzar a crear a partir de allí, desde la intemperie misma de la imagen, desde lo patético de la situación, revelando para la poesía el sistema de códigos que nos ha acompañado siempre.

Si tuviera que decir algo más diría: "el mar está en calma", mientras en algún lugar una mujer se escribe con la "puta esperanza" de rezar el epígrafe de estas anotaciones como un credo.

Citas
(1),(2),(3)- Pantin, Yolanda. "Entrar en lo bárbaro, una lectura de la poesía venezolana escrita por mujeres", material inédito.

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